“El miedo, la rabia y cualquier otro estado de la mente pueden a menudo ser capaces de alterar el pulso”. Aurelio Cornelio Celso (53 a.C.-7 d.C)

Como veis, no vamos a hablar de nada nuevo. La relación del estrés con el aparato cardiovascular se conoce desde la antigüedad. No es casualidad que muchas expresiones populares ubiquen las emociones en el corazón de las personas: Hay hombres “de buen corazón”, las injusticias dan “dolor de corazón”, se nos “rompe el corazón” cuando oímos a un niño llorar o “tenemos una corazonada” cuando tenemos “el pálpito” de que algo va a suceder. Esto son solo algunos ejemplos.

La conexión entre las emociones y el organismo puede expresarse en forma de respuestas, adaptaciones y patología. El estrés como factor de riesgo cardiovascular es un claro ejemplo de ello. Estamos en el campo de la medicina psicosomática.

Comienzo una serie de entradas sobre este tema. Me centraré, sobre todo, en la relación del estrés con el aparato cardiovascular. En concreto, sobre como el estrés actúa de diferentes maneras para fortalecer o lesionar el aparato cardiovascular. Intentaré darle un punto algo diferente y, sobre todo, hacer ver que su importancia como factor de riesgo podría ser, casi con toda probabilidad, mucho mayor de la que creéis.


 Que es el estrés?


La palabra estrés se ha empleado desde la antigüedad para explicar el concepto de flexibilidad de los cuerpos sólidos. El “stress” es la magnitud de la fuerza externa que produce una deformación proporcional, o “strain”, en un metal maleable. Sería Hans Selye quien lo acuñaría por primera vez desde una perspectiva fisiopatológica. Para Selye, el estrés representaba la respuesta inespecífica del organismo ante cualquier demanda de cambio. Se devanó los sesos intentando definir el concepto con exactitud y hacer entender lo que él estaba observando en el laboratorio con los animales. La idea del estrés se popularizó mucho, pero el concepto seguía resultando algo confuso (y diría que esto ha sido así hasta la fecha). Se llegó a decir que, “el estrés, además de sí mismo, es su propia causa y su propio resultado”. O, dicho de otra manera, no se diferenciaban claramente los estresores, la respuesta de estrés y sus consecuencias sobre el organismo. El propio Selye tuvo que crear el concepto de estresor para diferenciar el estímulo de la respuesta (ref).

Otras definiciones del estrés hacen referencia a “la tensión o deformación (strain) física, mental o emocional” o al “sentimiento experimentado por un individuo cuando percibe que las demandas externas exceden los recursos personales o sociales que puede movilizar”. Pero estas definiciones resultan algo incompletas y le confieren al estrés una connotación bastante negativa. Ignoran los efectos beneficiosos del estrés y el estrés positivo que Selye denominó eustress (la motivación para llevar a cabo un proyecto, la respuesta emocional y física tras ganar un campeonato o pensar en la que se avecina tras un beso apasionado…).

Esto me lleva a la definición o explicación que más me ha gustado de estrés:

El estrés es la incapacidad percibida de lidiar con las demandas que se te imponen y que producen una deformación (strain) mental y física. Un estímulo se convierte en estresor cuando sobrepasa nuestra capacidad inmediata de solucionarlo. La producción energética del organismo en ese instante no es suficiente para resolver la situación y, por lo tanto, hace falta poner en marcha una respuesta neurohormonal que nos permita alcanzar esos niveles de energía y gestionarla para resolver el elemento desestabilizador.

Está definición integra perfectamente la connotación positiva (emociones positivas, recompensa y hormesis) y negativa (ansiedad, disforia, respuesta excesiva y patológica) del estrés; la subjetividad del estresor como elemento de desestabilización (percibida) y el sentido fisiopatológico y evolutivo de la respuesta neurohormonal que se pone en marcha y los efectos que se producen en el organismo como consecuencia de ésta.


 La respuesta de estrés:


Las fases del estrés según Selye son 3. La fase de alarma (la respuesta inmediata), la fase de resistencia (cuando el estresor se prolonga en el tiempo) y la fatiga (cuando agotamos nuestra capacidad de respuesta y aparecen los efectos negativos del estrés).

La fase de alarma:

El estresor ingresa en el organismo a través de distintos órganos sensoriales: Nos asalta el recuerdo de una fecha límite para entregar un trabajo, oímos la alarma de un bombardeo o el llanto de un niño, vemos una agresión, sentimos una araña paseándose por nuestro cuello, hambre, dolor, hipoglucemia, una hemorragia, hipoxia, nuestros músculos gritando MAS MADERA!!. Esto nos saca de la situación de homeostasis. Perdemos el equilibrio.

Hace falta producir más energía y gestionarla adecuadamente para recuperar ese equilibrio. La información recogida por los órganos sensoriales llega a nuestro sistema límbico. Una parte arcaica y un tanto animal de nuestro sistema nervioso central. Allí se reúnen a deliberar, entre otros, la amígdala, el hipocampo y el hipotálamo. La primera es la encargada de poner en marcha la respuesta emocional (ira, miedo, motivación, alegría, tristeza…); el hipocampo aporta experiencias y recursos y, el hipotálamo, es el encargado de coordinar las instrucciones para activar el componente más orgánico de la respuesta de estrés.

Estos componentes del sistema límbico ponen en marcha una respuesta inicial inmediata. El hipotálamo conecta con distintos órganos y tejidos mediante el sistema nervioso vegetativo. Esta respuesta se inicia antes de que seamos conscientes del propio estresor y equivale a lo que sucede cuando nos llevamos un susto. Se produce una liberación masiva de adrenalina y noradrenalina, aumentan el tono muscular, el nivel de alerta y nuestra percepción del entorno. Disminuye la percepción de dolor. Se nos dilatan las pupilas y se expresan el miedo, la ira o la emoción que corresponda en nuestra cara. Se libera glucosa desde el hígado a la sangre y glucagón desde el páncreas. Aumentan la frecuencia respiratoria, la frecuencia cardiaca y la fuerza con la que se contrae el corazón. Se contraen los vasos de los órganos que no necesitan la sangre (piel, aparato digestivo, riñones…), nos sudan las manos, los pies y la frente. Es un mal momento para estar sentado en un polígrafo.

Si en ese momento te das cuenta de que ha sido el gracioso de tu amigo haciéndose pasar por un atracador, todo quedará en un susto. Pero puede que para entonces ya le hayas abierto la ceja de un paraguazo (la versión más refleja y rudimentaria de la respuesta de lucha) o simplemente hayas pegado un salto hacia atrás (la versión refleja de la respuesta de huida). Tras deliberar y decidir la solución urgente más adecuada, estos núcleos del sistema límbico, consultarán con el córtex prefrontal, el componente racional y más evolucionado de nuestro cerebro. Un poco pesadito y lento tomando las decisiones, pero al que siempre interesa escuchar por su sabiduría. En este momento tomamos conciencia de lo que sucede. El cortex prefrontal es el encargado de convertir esta respuesta emocional y fisiológica en una conducta operativa. Empezamos a evaluar los riesgos y nuestros recursos. La respuesta emocional se calibra y la respuesta conductual de lucha o huida se va sofisticando. Nos damos cuenta de que no ha sido nada y pedimos perdón a nuestro amigo por los desperfectos en su ceja. Si el córtex prefrontal no funciona adecuadamente, reinan la ansiedad y el caos.

Siguiendo con el ejemplo anterior, si comprobamos que la amenaza es real y que se trata de un atracador, podemos optar por salir corriendo o enfrentarnos a él de una u otra manera. Pero tendremos que pisar el acelerador durante un rato más. En este punto, se activa el eje neuroendocrino. El hipotálamo conecta con la médula de la glándula suprarrenal para que libere más adrenalina y noradrenalina al torrente sanguíneo y mantener la respuesta inicial durante algunos minutos. Ahora ya podemos echar a correr o seguir con los paraguazos, insultos y escupitajos.

Si nos vemos con recursos para solventar la situación con facilidad (somos mucho más rápidos o fuertes que el atracador o tenemos dinero de sobra y no nos importa que nos vacíe la cartera) podremos cerrar un poco el tiro de la chimenea. No hace falta poner toda la carne en el asador.

Existe una tercera respuesta al estrés, en cierto modo paradójica, pero que tiene su sentido. Es la respuesta de parálisis o derrota: Catatonía, vagotonia, cataplejia, mutismo. Es una respuesta equivalente a la de hacerse el muerto por si cuela, y si no cuela, para que el desenlace no sea excesivamente doloroso. Una solución desesperada para los casos más dramáticos en los que no hay alternativa. Esas pérdidas de conocimiento ante el miedo, la parálisis muscular que sucede en casos raros y en algunos animales, la catatonía y el mutismo tras un trauma psicológico importante… Esto mismo puede suceder en positivo cuando, por ejemplo, un@ chavalill@ se cruza con su ídolo y puede optar por, lanzarse a pedirle una firma, agachar la cabeza y evitar el contacto por vergüenza o perder el conocimiento sobrepasad@ por la emoción.

En todos los casos, salvo en el caso de parálisis o derrota, se produce un aumento en los niveles de energía y una gestión de la misma que está orientada a resolver el elemento desestabilizador. El estresor.

La fase de resistencia:

Cuando la situación de amenaza o el estresor es muy intenso o se prolonga en el tiempo (minutos, horas días…), será necesario producir una respuesta más duradera. Pero no podemos seguir pisando el acelerador o mantener abierto el tiro de la chimenea si no conseguimos combustible. En esta situación, el hipotálamo inicia una respuesta endocrina que continúa en la hipófisis (o glándula pituitaria) y que termina con la liberación de cortisol en la corteza de la glándula suprarrenal. También van a participar otras hormonas como la Aldosterona, la hormona antidiurética (ADH), la hormona del crecimiento (GH), la prolactina, la oxitocina y el glucagón. Pero el protagonista principal va a ser el cortisol.

El cortisol tiene la función de poner todos los recursos a disposición de los órganos encargados de solucionar la situación de estrés. Aumenta la sensibilidad a la A y la NA y la disponibilidad de combustible. Se liberan ácidos grasos y glicerol del tejido adiposo, disminuye la síntesis protéica en los tejidos y aumenta la proteólisis muscular. Esto aumenta la disponibilidad de aminoácidos y glicerol para la gluconeogénesis. El hígado produce glucosa a un ritmo hasta 6 veces superior a lo normal y proteínas de transporte. Se produce una situación de resistencia periférica a la insulina que disminuye la utilización de glucosa por parte de los tejidos, para dar prioridad a los ácidos grasos como combustible. En esta situación, se produce un aumento de la glucosa de hasta el 50% y de ácidos grasos en sangre.

Por el contrario, se limitan las funciones orgánicas consideradas menos importantes en una situación de estrés. Disminuyen la producción de hueso, la función reproductiva y los procesos más sofisticados de curación como la inflamación y la cicatrización y se da prioridad a la hemostasia para controlar eventuales complicaciones hemorrágicas.

Se podría decir que han cambiado las prioridades.

No os perdáis este video de los hermanos Marx que, sin pretenderlo, es una caricatura muy ilustrativa de una respuesta de estrés (de lucha en este caso), con Groucho haciendo de hipotálamo.


Creo que así se entiende el sentido inmediato de la respuesta de estrés. En la próxima entrada analizaremos su sentido evolutivo y el agotamiento de la respuesta de estrés a través de una serie de conceptos interconectados. Con esto le daremos un sentido mucho más global al estrés y nos ayudará a entender un poco mejor la patología con la que se relaciona. Entonces ya estaremos listos para sumergirnos en el riesgo cardiovascular asociado al estrés agudo y al estrés crónico en una tercera y cuarta entradas.

Otras entradas de la serie:

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